One

Photographed by HENRIK KNUDSEN

Él me dijo que había huido a una tierra lejana. Un lugar inhóspito de increíbles proporciones. Dónde las nubes eran como gigantes que amenazaban con su aplastante belleza. El sol era morado porque estaba muriendo, el mar rodeaba las nubes y las playas eran de cristales negros que guardaban los deseos de los habitantes de esas tierras. Su rostro se ensombrecía cada vez que le preguntaba como había llegado a ese lugar. Y tan solo arrastraba un ”No lo entenderías”, volvía a recoger su cantimplora y me daba la espalda, envolviendo su tristeza con el fuego de la noche y el licor.

Antes de apagar la fogata sacaba aquel objeto, mas brillante que las gotas de lluvia pero con la delicadeza de su forma. Metía la mano en el bolsillo derecho de su pantalon y con cautela lo sopesaba y lo acariciaba, como a un minino. Podias ver por la forma en la que su rostro se relajaba, como aquel objeto representaba a la vez luz y obscuridad. Me atrevería a decir que ese objeto era lo mas preciado que el poseía. El nunca me lo había mostrado

Había descubierto aquel melancólico hábito una noche en que, no pudiendo dormir, me decidi a caminar hasta ” El final del camino” para observar a los caballos. Tomé el camino mas largo para ver si lograba cansarme.

Nuestra hondonada se encontraba entre las dos únicas montañas que aun existían. La Montaña del Espejo y la Montaña de Marfil. La frontera que Lucas, el del objeto brillante, me había prohibido traspasar rodeaba a ambas montañas y se extendía con el rio, que nacía en las faldas de la Montaña del Espejo, hasta llegar a la Cuidad de Hielo, ahora casi completamente abandonada, que constaba de dos plazas principales. La Negra y la Blanca, cada una con su templo y respectiva biblioteca, estas eran entrada y salida, respectivamente, de la Cuidad de Hielo. La Cuidad de Hielo, vista desde arriba, asemejaba un gran rostro La Plaza Negra y la Plaza Blanca eran los ojos, un enorme auditorio con una fachada de cuarzo níveo,  extensamente alargada, formaban la boca y un edificio en forma de boton de flor era la nariz, este ultimo edificio era el mas cercano al cielo, pero ni siquiera Lucas conocía su proposito. El rio cruzaba la ciudad por unos acueductos subterráneos que zigzagueaban hasta darle forma nuevamente al rio por detrás de la Biblioteca Blanca. Desde aqui el paisaje cambiaba drásticamente, el rio se ensanchaba y un brillo rosado afluía de sus profundidades creando un velo de niebla que iluminaba las dos orillas, limitadas por muros de porcelana añil. Tambien la tierra del camino cambiaba de la roca negra con rojo de la hondonada y de la Cuidad de Hielo a un blanco aterciopelado esparcida con una gran cantidad de Flores Corazon, flores tan negras que parecían marchitas pero que al anochecer mostraban sus venas blancas floreciendo y emitiendo un sonido similar al de un cascabel. El camino continuaba creciendo y los muros de porcelana desaparecían hasta dejar que dos acantilados se encargaran de la tarea de guarnecer el camino. Aqui el camino se veía inundado por el rio, pero para entonces el camino era demasiado amplio y uno podía seguir caminando con el agua hasta los tobillos. Era una experiencia que disfrutaba pues, la arcilla de color melocotón refulgía con cada paso que daba. Unas escaleras finalmente enlazaban con El Hogar de los Caballos y con “El final del camino”. Para mi “El final del camino”, representaba el inicio de un mundo por descubrir. Pero nunca había tenido el valor de desobedecer a Lucas y había permanecido dentro de los margenes de las fronteras como el mapa de Lucas marcaba.

Cuando atravesé la Biblioteca Blanca noté algo diferente y un temor me embargo hasta paralizarme. Las Flores Corazon no tintineaban, solo se percibía un sonido seco que se iba alejando poco a poco. Eran pisadas que se dirigían hacia los caballos. Seguí el sonido de las pisadas con el curso del rio, sin saber realmente lo que me esperaba. Mientras más me acercaba a la fuente de las pisadas mas frio sentía. Una silueta suave se detuvo ante mi. Parecia ser la silueta de una joven. Mis ojos me empezaron a doler. Mis rodillas tocaron el suelo. No temas. No te hare daño. No creas todo lo que Lucas diga – una voz dentro de mi palpitó.

Y sólo obscuridad y una sensación de inseguridad permanecieron.

El tintineo de las Flores Corazon me recordó en donde estaba. Y una fuerte convicción, de hacia donde debía de ir, me arrastró por el camino hasta las escaleras. Los caballos no descansaban. Los caballos no estaban. Solo una sombra escondida detrás de una roca. La llanura que servia como hogar a los caballos, estaba ocupada unicamente por Lucas y aquella roca.Una roca enorme, de dos metros de diametro y cinco de alto. Aunque parecía mas una torre, pues su construcción denotaba artificialidad. En ese momento me di cuenta que lo que aquella voz había dicho era verdad. Lucas me escondía algo. Cada vez que las lunas se alineaban en la noche, Lucas se ausentaba ”…a estirar las piernas…” me dijo un día. Y yo me dormía.

Al principio no supe que tenía en la mano, no sabía si era un animal o solo un objeto. Pero su brillo era demasiado como para pertenecer a un ser vivo. Después ví su forma y me recordó a una lágrima. Lucas, estaba relajado. Lucas el calculador, el frio y duro como diamante, se estaba desmoronando ante ese objeto. Las lágrimas, el temblor en las rodillas, la respiración agitada.

Como a una almeja que brilla en el fondo del mar, Lucas, abrió aquel objeto a la mitad. Y un rictus espectral, parecido a una sonrisa, pero, obscurecida por la tristeza, se plasmó en su peludo rostro.

Después de aquella experiencia amarga, regrese lo mas rápido que pude a la hondonada. Regresé por el subterráneo, el camino corto.

En realidad la palabra “hondonada” describía unicamente a la geografía sobre la que descansaba nuestra casa. “Nuestra casa” era, como la describía Lucas, un vestigio de la gran capacidad arquitectónica que poseían los habitantes de su amado planeta. Aún no comprendía muy bien a lo que se refería con “gran capacidad arquitectónica”. Ni lo que era la arquitectura. Yo sólo vivo allí -solía pensar. Tenemos una biblioteca en el interior de la montaña del espejo. Solo se puede accesar a ella por medio de un pasadizo que inicia en nuestro sótano. Me pasó la mayoría del día ahí.

 “El Palacio de las Bellas Artes”, es el nombre que lleva la fotografía que se encuentra en un volumen de Raul Larroca, Histoire de l’architechture terrestre. Tambien he leido referencias de éste en una antología que lleva por nombre Wars and Suffer through History. Es un gran libro, quizás el que ocupa mas espacio en la biblioteca, sobre los conflictos que acontecieron durante diez mil años de historia humana en la Tierra. -Desde las obscuras campañas de muerte dadas por “Ok’kulwee, aka of the great yet extinct tecnópolis Hasherstw, a wizard descendent of the Dark Ones, (also known as “Meru-maku”)” a los Mixxuyer del sureste del mar Laurático. Se dice que este brujo nunca pereció pues, siendo éste de obscura descendencia, poseía la llave a la Ogma-Bahla o Nucleo de no-dimensiones. Esta tribu desapareció dejando solo un basamento ubicado actualmente en la Gruta de la Fruida, dentro de la cuál permanece oculto el legado de una civilización lejana aún para nuestras mentes.                                                                                           Pasando por los conflictos del Neolítico, la derrota de Hyksos por Ahmose I restableciendo el poder  egipcio sobre Nubia y Canaan. Datos de batallas en Teba, en Ilion, pertenecientes a la historia griega y Alejandro Magno. Destrezas de césares en la problemática Roma, un Gengis Kan y Asia a sus pies. La modernidad y las revoluciones. Las Guerras gemelas o como tambien las llamaban en el siglo XXI, Primera y Segunda Guerra Mundial. La Guerra Obscura que se cree fue la mecha que se prendería para explotar en lo que se conocería como “La Extinción”.-El libro se corta y queda debiendo al lector la explicación de ésta y de aquella. En realidad nuestro “hogar se parece más esencialmente al libro que al “Palacio” en México. Pues si bien estructuralmente recuerda a éste, la sensación de ausencia, de desmembramiento existencial iguala a aquél.  La atmosfera opresiva que sólo logran aliviar mis estancias en la biblioteca debe ser nota suficiente como para que compararlos sea ridículo. Además, la casa no solo expresa un vaho estigio en su esqueleto, pero, tambien oculta todo un universo.

No sólo la casa, Lucas tambien.

Notas del cuaderno de Odiseo

 La Cuidad de Hielo

La Plaza Negra

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